Cada campaña olivarera deja tras de sí miles de toneladas de alperujo, el principal subproducto de la extracción del aceite de oliva. Para las almazaras no se trata solo de un residuo a gestionar, sino de una decisión económica y técnica que condiciona costes, transporte, empleo y, cada vez más, su encaje en un contexto de transición energética y ambiental.
Desde hace años, el sector ha desarrollado distintas vías para valorizar este subproducto. Hoy, en la práctica, existen tres grandes alternativas industriales: la extracción de aceite de orujo de oliva, el compostaje y la gasificación. Cada una responde a lógicas distintas y presenta ventajas y limitaciones que no siempre se miden con los mismos criterios.
Un análisis desarrollado por investigadores de la Universidad de Córdoba ha puesto cifras y metodología a esa comparación. El trabajo no se centra únicamente en el impacto ambiental, sino que cruza variables económicas, ambientales y sociales para evaluar cuál de estas opciones resulta más sostenible en términos globales para una almazara tipo.
La metodología combina el análisis del ciclo de vida —para medir emisiones y efectos ambientales— con indicadores económicos como la inversión necesaria, el riesgo o la rentabilidad, y con variables sociales relacionadas con la creación de empleo, su calidad y su estabilidad. Además, introduce escenarios de incertidumbre ligados, por ejemplo, a la evolución de los precios de la energía, un factor clave en este tipo de decisiones.
Aplicando este enfoque, la opción que obtiene el mejor resultado global es la extracción de aceite de orujo de oliva, una vía que, además, es la más extendida actualmente en el sector. Su principal fortaleza es económica: no requiere nuevas inversiones por parte de las almazaras y presenta un menor nivel de riesgo, lo que explica en buena medida su implantación mayoritaria.
Sin embargo, el análisis muestra un escenario más matizado cuando se amplía la mirada. Alternativas como la gasificación, que permite generar energía renovable y subproductos como el biochar, ofrecen ventajas claras en términos de reducción de emisiones y creación de empleo de mayor calidad, situándose muy cerca de la extracción de orujo en el cómputo global de sostenibilidad.
El compostaje, por su parte, ocupa una tercera posición. Aunque su rentabilidad económica es más limitada en las condiciones actuales, destaca por su aportación al empleo rural y por los beneficios agronómicos que aporta al suelo, un factor especialmente relevante en territorios olivareros con problemas de degradación.
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que las diferencias entre las tres alternativas no son extremas. Esto implica que pequeños cambios —en el precio de la energía, en la demanda de fertilizantes orgánicos o en el diseño de políticas públicas— pueden inclinar la balanza hacia una u otra opción. También influye la situación concreta de cada almazara: la distancia a las plantas de extracción de orujo, por ejemplo, puede hacer que opciones como la gasificación resulten más competitivas en determinados casos.
El análisis pone de relieve una tensión conocida en el sector: las alternativas con mayores beneficios ambientales y sociales no siempre coinciden con las más rentables para las empresas privadas. De ahí que los investigadores subrayen la importancia de instrumentos públicos que reconozcan ese valor añadido, ya sea a través de ayudas a la inversión, mecanismos financieros o incentivos ligados a la generación de beneficios ambientales y sociales.
En conjunto, el trabajo refuerza una idea clave: la gestión del alperujo no admite soluciones universales. La sostenibilidad, aplicada a la industria del aceite de oliva, depende de decisiones técnicas concretas, del contexto económico y territorial y de un marco de políticas que tenga en cuenta algo más que la cuenta de resultados inmediata.


