El vino también se comunica hoy en una pantalla. Copas fotografiadas, visitas a bodegas, experiencias gastronómicas y mensajes que circulan a golpe de scroll forman parte del relato digital del sector. Pero no todo lo que se publica en redes sociales es lo mismo, ni tiene la misma naturaleza. La actualización del Código de Comunicación Comercial del Vino introduce un matiz clave: distinguir con claridad entre opinión personal y publicidad.
El documento, que entra en vigor el 1 de enero de 2026, considera publicidad aquellas publicaciones realizadas por influencers o creadores de contenido cuando existe una contraprestación por parte de una marca o bodega. Esa compensación puede adoptar muchas formas —desde un pago económico hasta la entrega de producto, invitaciones a eventos o viajes—, pero su existencia cambia por completo el marco en el que se interpreta el mensaje.
En ese contexto, el Código establece que estas comunicaciones deben identificarse como publicitarias e incorporar mensajes claros de consumo moderado y advertencias relativas a menores. No se trata solo de una cuestión formal, sino de transparencia: que el público pueda reconocer cuándo está ante una experiencia contada libremente y cuándo ante un contenido promocional.
La norma no afecta, sin embargo, a los contenidos de naturaleza editorial ni a las opiniones expresadas por iniciativa propia, sin relación contractual con una marca. Este punto resulta especialmente relevante en un ecosistema donde conviven divulgadores, prescriptores, periodistas y aficionados, y donde las fronteras entre unos y otros no siempre son evidentes.
Más allá de la etiqueta, el Código también acota el relato. Las publicaciones consideradas publicitarias no pueden asociar el vino a beneficios de salud, éxito social, desinhibición o mejora de capacidades. Tampoco deben vincular su consumo a la conducción, al trabajo o a situaciones de riesgo. El vino puede aparecer como parte de una experiencia gastronómica o cultural, pero siempre desde la moderación y el contexto.
Para bodegas y proyectos de enoturismo, este marco supone un cambio de escenario en su relación con los creadores de contenido. Las colaboraciones siguen siendo posibles, pero requieren mayor cuidado en el planteamiento, en el mensaje y en la forma de presentarlo al público. La espontaneidad, cuando existe una relación comercial, deja de ser un argumento suficiente.
Observamos que esta clarificación no empobrece el discurso del vino en redes sociales, sino que lo ordena. Diferenciar opinión de publicidad protege al consumidor, pero también al propio sector, al preservar la credibilidad de quienes comunican desde el conocimiento, la experiencia y el respeto por la cultura del vino.



